domingo 8 de noviembre de 2009

El Caribe en Madrid


La Casa de América está ubicada en pleno centro de Madrid, diagonal al antiguo edificio de correos y justo al frente de la estatua de la diosa frigia Cibeles. Un punto privilegiado donde se reúnen escritores y artistas que cruzan el charco para mostrar su producción en este país. A finales de octubre el turno fue para Colombia; la embajada convocó a un pintoresco evento llamado “El Caribe a Madrid”, en el cual, durante cinco días, los españoles pudieron ver un trozo de la cultura costeña. El programa se cerró el viernes 23 de octubre con lo que se había anunciado como una charla entre el periodista y escritor Heriberto Fiorillo y “dos de las nuevas voces de la narrativa colombiana”: Efraim Medina Reyes y Alonso Sánchez Baute.

Invité a un buen amigo mexicano de que fuéramos a verlos, a pesar de que no había leído a ninguno. Aceptó sin estar muy convencido.

El evento empezó tarde. Sánchez Baute llegó primero a la Casa de América con algunos ejemplares de sus libros bajo el brazo y tras él Efraim Medina, embutido en unos pantalones blancos y con zapatos de punta del mismo color, empujaba el cochecito de su hija. El corpulento Fiorillo iba junto a Medina y sonreía detrás de sus gafas oscuras.

Noté que algo iba mal desde el momento en que se ubicaron en la mesa: Fiorillo –en el medio– y Efraim –a la izquierda– estaban sentados muy juntos; a la derecha, un poco marginado, quedó el escritor de Valledupar. De inmediato ambos “compadres” (“Efra es mi compa”, dijo Fiorillo cuando lo presentó) sacaron dos pequeños portátiles Mac y se sumergieron en ellos mientras un señor muy bogotano de la embajada decía las palabras de protocolo.

Y empezó la charla, o al menos eso creímos. Fiorillo, quien reconoció que no había preparado nada, le dijo a Efraim que leyera, mientras ignoraba sin remordimiento a Sánchez Baute. Medina leyó el fragmento de un cuento de Cinema árbol y luego el periodista se volteó sin muchas ganas y le dio la misma orden a Baute. Cuando ambos terminaron de leer, el ilustre barranquillero comenzó con las improvisaciones: “¿Qué es para ti la literatura?”, le preguntó a Sánchez Baute, y luego, para rematar, le dijo que por favor le aclarara al público si “existía eso de la literatura colombiana”.

Sánchez Baute –un tipo lúcido y sin pretensiones– sacó una buena respuesta que se extendió más de lo que Fiorillo estaba dispuesto a digerir, y así se lo hizo saber cuando terminó: “Ahora responde la segunda –le dijo, riéndose– pero no vayas a explayarte igual que en ésta”. Atónito, Sánchez Baute sólo alcanzó a responder: “pues entonces no me preguntes, marica”.

Cada que terminaba de hacerle las preguntas, Fiorillo se sumergía en su portátil o, peor aún, le decía algo al oído a Efraim y se reía. No pude evitar pensar que se estaba burlando en la cara de Sánchez Baute y me dieron ganas de que el escritor se parara de ahí y se fuera. Pero no pasó; por el contrario, tuvimos que tragarnos una nueva versión de un Medina que ya parece incómodo dentro de la etiqueta de chico malo que le han endilgado. Supongo que a Efraim la paternidad lo ha afectado –y mucho– porque estuvo leyendo un fragmento de su nueva obra llamada “El mecanismo”, una especie de diatriba anti globalización que dejaba a Obama como el gran salvador de una raza estúpida imbuida en la publicidad y el comercio. Un momento: ¿Efraim Medina cambiando las vergas por el nuevo Nobel de la paz?

El clímax de la reunión llegó cuando mi amigo levantó la mano para preguntar. Dijo que la charla estaba muy bien pero que si no habían considerado buscar una manera más amable de presentarles a los lectores españoles, tan desconocedores de lo que se escribe allá, la obra de estos dos escritores.

Sarcástico, Fiorillo sonrió y le respondió: “si quiere pídales que lean más, para que usted quede satisfecho”. Ahí fue Troya: mi amigo le recriminó su actitud pedante y displicente y de inmediato casi todo el auditorio, lleno de colombianos, se fue contra él. La cosa se diluyó cuando una mujer, supongo que de la logística del evento, pidió que nos calmáramos, “que allí íbamos a pasarla chévere”.

Cuando la charla terminó salimos pensando en que, quizás, a don Heriberto no le quedó tiempo para ocuparse de prepararla después de una caminada por la Gran Vía y un almuerzo con paella acompañado de buen vino. Es que pasear siempre es muy sabroso, y más si uno va invitado.

jueves 5 de noviembre de 2009

Curiosos hábitos

La fundación Germán Sánchez Rupérez publicó a finales de octubre un estudio sobre los hábitos de lectura de los inmigrantes en España. El trabajo buscaba analizar la percepción que tienen los habitantes extranjeros sobre el oficio de leer y, para ello, estudiaron un colectivo de rumanos, búlgaros, ucranianos, chinos, marroquíes, ecuatorianos, peruanos, bolivianos y –cómo no–, colombianos. Los resultados son sorprendentes. O tal vez no. En cualquier caso, leyendo un par de ellos recordé la brillante definición de “Vicio” que hace algún tiempo publicó Pablo Arango en El Malpensante. Acá van algunas de las conclusiones:

- “La mayoría de los inmigrantes considera leer una pérdida de tiempo, pero quieren que sus hijos lean y le dan una gran importancia a la lectura como medio para ampliar conocimientos”.

- "La gran barrera que aducen para no leer es la misma que para los españoles: no tengo tiempo”.

- “Otros obstáculos son el idioma, el precio de los libros, la falta de hábito de acudir a la red de lectura pública -en muchos de sus países no existe- y un desconocimiento bastante profundo de las letras españolas”.

- “..aunque los hábitos lectores son prácticamente nulos, se ha comprobado que los iberoamericanos solicitan más los "best-sellers"; las mujeres iberoamericanas y marroquíes prefieren lecturas prácticas, como bricolaje o cocina, y los marroquíes, libros religiosos”.

- “De todos ellos, sólo las niñas chinas dan absoluta prioridad a la lectura en su tiempo de ocio; el resto, ni lo nombra. Prefieren pasear e ir al parque, ver televisión o comunicarse con sus familiares en el extranjero”.

Y para finalizar, la gran perla:

- “Para los inmigrantes que han participado en el estudio, leer no es vivir; incluso conlleva graves perjuicios de salud, porque ocupa tiempo que se podría dedicar a pasear al aire libre y perjudica a los ojos; no se hacen amigos leyendo y es un ocio lujoso".

lunes 26 de octubre de 2009

El corazón es un cazador solitario

Esta estúpenda novela de Carson McCullers, que escribió cuando apenas tenía veintitrés años (carajo: ¿cómo lo hizo?), ha sido un feliz descubrimiento en mi vida de lector. Tenía ganas de leerla desde hacía un buen rato y, cuando al fin la vi, temí que me sucediera lo que suele pasar cuando uno llega a algo con muchas expectativas. Pero no fue así: la historia de varios personajes marginales que tienen en común el inmenso vacío de la soledad, agarra al lector desde el principio y lo suelta, con rabia, en el triste desenlace de cada uno.

El gran mérito de esta hermosa novela es que los personajes son tan reales que no pueden quedarse sólo en la ficción. Existen. Si bien el destino de todos gira en torno a un sordomudo llamado Jhon Singer ―situémonos: el lugar es un pequeño pueblo de los Estados Unidos, en los años treinta―, cada uno de ellos está tan bien construido que se hace inolvidable. McCullers tiene una enorme capacidad de pintar como son, en general, la mayoría de los seres humanos: con sus vacíos, miedos, soledades y contradicciones.

Y aunque para muchos Singer es el gran protagonista de esta obra, el personaje que a mí más me conmovió fue el doctor Copeland, un viejo médico de raza negra a quien le hierve la sangre al ver la mansedumbre con que los suyos le agachan la cabeza a los blancos. La escena en la que pronuncia un enardecido discurso de emancipación durante una cena de navidad es memorable, sobre todo porque, al final, todo se va al traste por culpa de la sumisión y las creencias religiosas de los demás negros.

Pero todos, en general, son personajes reales, de carne y hueso: Jake Blount, el borracho que reivindica los derechos de los trabajadores; Biff Branon, el dueño del restaurante; y, por supuesto, la pequeña e incomprendida Mick. Todos ellos encuentran en Singer un amigo que creen íntimo, hasta que el impredecible final del sordomudo los deja, como se dice, con los crespos hechos. Lo bonito del personaje ―y la razón por la que lo creen tan amigo― radica, precisamente, en su limitación física. Lo único que eso demuestra es una realidad tan cínica como verdadera: todos queremos que nos escuchen, pero a pocos nos interesa oír.

Hay que leer esta obra tan bonita. Hay que leerla.

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