El Caribe en Madrid
Invité a un buen amigo mexicano de que fuéramos a verlos, a pesar de que no había leído a ninguno. Aceptó sin estar muy convencido.
El evento empezó tarde. Sánchez Baute llegó primero a la Casa de América con algunos ejemplares de sus libros bajo el brazo y tras él Efraim Medina, embutido en unos pantalones blancos y con zapatos de punta del mismo color, empujaba el cochecito de su hija. El corpulento Fiorillo iba junto a Medina y sonreía detrás de sus gafas oscuras.
Noté que algo iba mal desde el momento en que se ubicaron en la mesa: Fiorillo –en el medio– y Efraim –a la izquierda– estaban sentados muy juntos; a la derecha, un poco marginado, quedó el escritor de Valledupar. De inmediato ambos “compadres” (“Efra es mi compa”, dijo Fiorillo cuando lo presentó) sacaron dos pequeños portátiles Mac y se sumergieron en ellos mientras un señor muy bogotano de la embajada decía las palabras de protocolo.
Y empezó la charla, o al menos eso creímos. Fiorillo, quien reconoció que no había preparado nada, le dijo a Efraim que leyera, mientras ignoraba sin remordimiento a Sánchez Baute. Medina leyó el fragmento de un cuento de Cinema árbol y luego el periodista se volteó sin muchas ganas y le dio la misma orden a Baute. Cuando ambos terminaron de leer, el ilustre barranquillero comenzó con las improvisaciones: “¿Qué es para ti la literatura?”, le preguntó a Sánchez Baute, y luego, para rematar, le dijo que por favor le aclarara al público si “existía eso de la literatura colombiana”.
Sánchez Baute –un tipo lúcido y sin pretensiones– sacó una buena respuesta que se extendió más de lo que Fiorillo estaba dispuesto a digerir, y así se lo hizo saber cuando terminó: “Ahora responde la segunda –le dijo, riéndose– pero no vayas a explayarte igual que en ésta”. Atónito, Sánchez Baute sólo alcanzó a responder: “pues entonces no me preguntes, marica”.
Cada que terminaba de hacerle las preguntas, Fiorillo se sumergía en su portátil o, peor aún, le decía algo al oído a Efraim y se reía. No pude evitar pensar que se estaba burlando en la cara de Sánchez Baute y me dieron ganas de que el escritor se parara de ahí y se fuera. Pero no pasó; por el contrario, tuvimos que tragarnos una nueva versión de un Medina que ya parece incómodo dentro de la etiqueta de chico malo que le han endilgado. Supongo que a Efraim la paternidad lo ha afectado –y mucho– porque estuvo leyendo un fragmento de su nueva obra llamada “El mecanismo”, una especie de diatriba anti globalización que dejaba a Obama como el gran salvador de una raza estúpida imbuida en la publicidad y el comercio. Un momento: ¿Efraim Medina cambiando las vergas por el nuevo Nobel de la paz?
El clímax de la reunión llegó cuando mi amigo levantó la mano para preguntar. Dijo que la charla estaba muy bien pero que si no habían considerado buscar una manera más amable de presentarles a los lectores españoles, tan desconocedores de lo que se escribe allá, la obra de estos dos escritores.
Sarcástico, Fiorillo sonrió y le respondió: “si quiere pídales que lean más, para que usted quede satisfecho”. Ahí fue Troya: mi amigo le recriminó su actitud pedante y displicente y de inmediato casi todo el auditorio, lleno de colombianos, se fue contra él. La cosa se diluyó cuando una mujer, supongo que de la logística del evento, pidió que nos calmáramos, “que allí íbamos a pasarla chévere”.
Cuando la charla terminó salimos pensando en que, quizás, a don Heriberto no le quedó tiempo para ocuparse de prepararla después de una caminada por la Gran Vía y un almuerzo con paella acompañado de buen vino. Es que pasear siempre es muy sabroso, y más si uno va invitado.




